Carriego: el tango antes del tango
No podemos concluir sin volver a Evaristo Carriego, quien aunque nació en Paraná el 7 de mayo de 1883, transcurre casi toda su vida en el barrio de Palermo, en la calle Honduras 84, donde muere el 13 de octubre de 1912. Carriego detiene su mirada sobre su barrio, el Palermo de 1900, que era un barrio de familias provincianas, de casas de tres patios, donde se conocían todos.
El poeta lo camina, recoge sus impresiones y los comentarios de la gente y los transmite como ecos de una nota periodística ( “El amasijo”, “En el barrio”, “Los perros del barrio”). También aparece el cuchillero, el compadrón, que abundaba en el Palermo de entonces ( “El guapo” ). Pero lo más importante, lo que hizo de Carriego un poeta popular, es que él devuelve con su voz lo que ha tomado de la gente y de las cosas, pero esta voz suena como la de uno más.

Carriego se entregó a su barrio, siendo el adelantado poético de Palermo. Alejado de las suntuosas recreaciones modernistas, le cupo una misión menos espectacular, pero más íntima. Sus palabras, sus frases podían hacerlas suyas sus lectores, repetirlas al atardecer en los patios, sus poemas eran considerados como propios por las muchachitas casaderas y los novios tímidos, por las madres, las abuelas y las tías solteronas. Creados desde su pequeño universo, Palermo, se difundieron por todos los Palermos, que sólo diferían del original en su ubicación geográfica.
Carriego se leía no solamente en los patios de Palermo, sino en todo Buenos Aires, en Montevideo y en pueblos del interior. Sus poesías hablaban con sencillez y cariño de la problemática esencial del alma humana y de temas que no tenían relación con un barrio determinado. Seguramente Pascual Contursi, en San Cristóbal; Celedonio Flores, en Villa Crespo; José González Castillo, en Boedo, se sintieron tocados por los poemas del “El alma del Suburbio” o de “La canción del barrio”. Seguramente esos recuerdos afloraron a través de la inspiración convirtiéndose en “Mi noche triste” “Ivette”, “Bandoneón arrabalero”, “Ventanita de arrabal”, “Mano a mano”, “Viejo smoking”, “El bulín de la calle Ayacucho”, “Por seguidora y por fiel”, “Sobre el pucho”, “Organito de la tarde”, “Caminito del taller”, “Silbando” y tantos otros que jerarquizaron el tango canción.
En los versos de Carriego se percibe, se siente, la melodía de los viejos tangos de su época. los de Arolas, Berto, Mendizábal, Greco. Como decía Giusti: “ Hasta se me antoja que ha entrado en “Misas Herejes”, el alma musical del suburbio. El verso que Carriego usa con predilección, el dodecasílabo acentuado en la sexta, que diríase quebrarse en una “cuerpeada”, parece conservar el ritmo muelle del tango que los organilleros arrabaleros molieron en los oídos del poeta”.
Y cuando posteriormente de la mano de Pascual Contursi aparece el tango-canción, ya muerto Carriego hace años, es notable la influencia carreguiana en los poetas y letristas del tango, en su temática, en sus formas. Quizás deberíamos hablar del tango pre y pos Carriego, para señalar de manera concluyente la marca que dejó este poeta sobre la cultura popular de Buenos Aires.
Autores: Alejandro Molinari-Roberto Martínez-Natalio Etchegaray
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