Antecedentes del lunfardo
A lo largo de este trabajo aparecieron distintas denominaciones sobre el habla de los argentinos. Estamos hablando sobre todo, de la etapa de discusión política y más precisamente, de la controversia que se genera a partir del libro de Abeille, “Idioma Nacional de los Argentinos”. Uno de los participantes de esa polémica, Ernesto Quesada, mencionaba la existencia de otros lenguajes, como el gauchesco, el cocoliche y el orillero. También Jorge Luis Borges, cuando hablaba del Idioma de los argentinos menciona al orillero y al arrabalero junto con el lunfardo. Por lo tanto vale la pena hacer una breve referencia aclaratoria sobre el significado de estos lenguajes.
El gauchesco, es un lenguaje de carácter rural que hablaban los hombres de la pampa, entendiendo esta expresión no como la simple llanura argentina, sino como el hábitat del gaucho. Esta forma de expresarse de los gauchos, la tomaron de los conquistadores españoles. Era una lengua que contenía antiguas palabras del castellano que ya estaban en desuso, neologismos y voces propias de las culturas aborígenes. Su vigencia llega hasta fines del siglo XIX, cuando desaparece siguiendo el destino del propio gaucho. Actualmente nadie habla esa lengua, aparece como una nota de color, cuando en alguna creación artística se pretende recrear al gaucho. Desde el punto de vista fonético, poco y nada se sabe del gauchesco, lo que nos queda de este lenguaje esta contenido en su expresión escrita.
La literatura gauchesca que iniciara Bartolomé Hidalgo y tuviera su máxima expresión en el Martín Fierro de José Hernández, utiliza este lenguaje, de allí la denominación del género. Conviene precisar que el empleo de las voces del gaucho está hecha por gente letrada, que es la que escribe los poemas, de tal forma que es válida la denominación de gauchesco en lugar de lenguaje del gaucho, ya que son los escritores los que empleaban las palabras que presumiblemente utilizaba el gaucho. Reproduciremos sobre el tema el juicio de José Gobello: “La inmensa mayoría de los argentinos no ha oído jamás hablar a algún gaucho, (ningún argentino debió decir porque no existe vivo ningún contemporáneo del gaucho), aunque es posible que muchísimos hayan oído hablar a algún paisano y puedan deducir de su habla las características del habla de los gauchos.
Pero siendo el habla un fenómeno terriblemente dinámco, y habiendo sido el gaucho un jinete trashumante, y el paisano un gaucho al que el alambrado le parceló la pampa, es seguro que el habla de uno no se corresponde exactamente con el habla del otro”. Estima Gobello en alrededor de un millar las palabras del gauchesco, algunas de las cuales llegan hasta el presente. Un ejemplo de ello es la palabra boliche, que conserva su antiguo significado y ha extendido su uso para denominar actualmente, a los lugares bailables que utilizan los jóvenes.
El cocoliche es según el diccionario Larousse un argentinismo con que se designa una jerga italianizada, mientras que el diccionario de la Academia habla de jerga híbrida y grotesca que hablan ciertos inmigrantes italianos mezclando su habla con el español.
Este modo de hablar de los italianos que llegaban a la Argentina adquirió enorme difusión, debido a la gran cantidad de inmigrantes de ese origen llegados a nuestro país, durante el período de inmigración masiva. En lo que se podría llamar la primera etapa inmigratoria, que llega hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial que se inicia en el año 1914, aproximadamente la mitad de los de inmigrantes eran italianos. Algunos años después de la Segunda Guerra Mundial, la mejoría en las condiciones económicas de Europa, hicieron cesar la inmigración italiana a nuestro país y consecuentemente esto marcó el inicio de la extinción el cocoliche.
De este lenguaje de los italianos sólo quedan algunos recuerdos en obras del teatro popular como el sainete y el grotesco y sobre todo en la memoria de todos los argentinos, en cuyos oídos aún resuenan las voces de esos inmigrantes. Una de las características de la inmigración italiana, fue que los inmigrantes llegaron desde todas las regiones de Italia, por lo que todos los dialectos de la península se escucharon en nuestro país. De este modo es válido decir que existieron tantas formas de cocoliche como de dialectos, y aún podría decirse que existieron tanta cantidad de cocoliches, como de inmigrantes italianos ya que cada uno tenía su propia forma de castellanizar y pronunciar las palabras. Sin duda, y debido a la enorme importancia de la inmigración italiana, estas voces del cocoliche adoptadas y adaptadas por el hablante de Buenos Aires, constituyen un aporte muy importante para el lunfardo.
La palabra cocoliche, es una de las pocas del habla popular, que tiene un origen preciso. Reproducir la historia de su incorporación al lenguaje popular, tal vez sirva para comprender como se fue formando el habla de los argentinos. La compañía de los Podestá, a quienes se puede considerar como los iniciadores del auténtico teatro nacional, tenían en su circo a un peón llamado Antonio Cocoliche, aunque algunos consideran que ese es el apellido castellanizado y el verdadero sería Cucolicce o Cucoliccio. Cuenta Antonio Podestá en su libro de memorias, "Medio siglo de farándula", que una noche "mi hermano Jéronimo estaba de buen humor, empezó a bromear con Antonio Cocoliche, peón calabrés de la compañía, muy bozal, durante la fiesta campestre de "Juan Moreira", canchando con él y haciéndolo hablar.
Aquello resultó una escena nueva, fue muy entretenido y llamó la atención del público y aún de los artistas. ...Por aquel tiempo había ingresado nuevamente a la compañía, sin puesto fijo, Celestino Petray, quien regresaba de la Patagonia en la mayor pobreza. Petray tenía una gran facilidad para imitar a los tanos acriollados, pero a pesar de sus tentativas anteriores para imponerse en el papel de gringo, no triunfó hasta que en una ocasión, sin aviso previo, se consiguió un caballo inútil para todo trabajo, uno de esos matungos que por su flacura no sirven ni para el cuero, y vestido estrafalariamente y montado en su Rocinante, se presentó en la fiesta campestre de "Moreira", remedando el modo de hablar de los hermanos Cocoliche. Cuando Jerónimo vio a Celestino con aquel caballo y hablando de tal forma, dio un grito a lo indio y le dijo:
-¡Adiós amigo Cocoliche! ¿Cómo le va? ¿De dónde sale tan empilchao?. A lo que Petray respondió:
-¡Vengue de la Petagoña co este parejiere macanuto, amique!
No hay que decir que aquello provocó una explosión de risa que duró un largo rato.
Si le preguntaban cómo se llamaba contestaba muy ufano:
-Ma quiame Franchisque Cocoliche, e songo cregollo gasta lo güese de la taba e la canilla de lo caracuse, amique, afficate la parata ... y se contoneaba coquetonamente.
¡Quién iba a suponer que de aquel episodio improvisado saldría un vocablo nuevo para el léxico popular!".
El orillero y el arrabalero son designaciones del lenguaje que aparecen en las menciones de Ernesto Quesada y Jorge Luis Borges, que a nuestro entender tienen el mismo significado por lo que deben considerarse sinónimos de lunfardo. El arrabal para el diccionario es: “Barrio fuera del recinto de la población. Sitios extremos de una población. Población anexo a otra mayor”. En nuestro caso particular ese arrabal es la orilla, es ese espacio en el que la ciudad y el campo se unen o se separan.
Es lugar en el que confluyeron los gauchos que abandonaban la pampa empujados por el progreso y el alambrado, y el inmigrante que venía a "hacer la América". Si existiera una diferencia entre arrabal y orilla sería muy sutil, en todo caso un diferencia geográfica, pero en modo alguno existe diferencia entre los personajes que habitaban el arrabal, la orilla o el conventillo que es el otro sitio en el que se dio el encuentro mencionado.
Según Borges, que si hace diferencia entre ambos lenguajes: "El lunfardo es una jerga artificiosa de los ladrones; el arrabalero es la simulación de esa jerga, es la coquetería del compadrón que quiere hacerse el forajido y el malo, y cuyas malhechoras hazañas caben en un bochinche de almacén, favorecido por el alcohol y el compañerismo". No es procedente en la actualidad considerar al lunfardo como jerga de ladrones, esto ha sido así en sus orígenes, por lo que la diferenciación que hace Jorge Luis Borges es válida para la primera etapa del lunfardo.
Autores: Alejandro Molinari-Roberto Martínez-Natalio Etchegaray |