El organito y los poetas
última parte
Pero, claro está, que si de tango y organitos se trata, todas estas consideraciones deben dejarse de lado y escuchar solamente las voces de los poetas, que vaya a saber por qué raro misterio de esta Buenos Aires mitológica, se ocuparon del organito. Así Evaristo Carriego, que no escribió ningún tango, pero pudo haberlos escrito todos, siempre buceando en el alma de los personajes del suburbio lo rescata con una visión nostálgica en "Has vuelto", un poema tan despojado de los alardes literarios propios de las corrientes en boga en esa época, como cargado de ternura:
Has vuelto organillo. En la acera hay risas. Has vuelto llorón y cansado como antes.
El ciego te espera
las más de las noches sentada
a la puerta. Calla y escucha. Borrosas
memorias de cosas lejanas
evoca en silencio, de cosas
de cuando sus ojos tenían mañanas,
de cuando era joven...la novia...¡quién sabe!
Alegrías, penas,
vividas en horas distantes. ¡Qué suave
se le pone el rostro cada vez que suenas
algún aire antiguo! ¡Recuerda y suspira!
Has vuelto, organillo. La gente
modesta te mira
pasar, melancólicamente.
Pianito que cruzas la calle cansado
moliendo el eterno
familiar motivo que el año pasado
gemía a la luna de invierno:
con tu voz gangosa dirás en la esquina
la canción ingenua, la de siempre, acaso
esa preferida de nuestra vecina
la costurerita que dio aquel mal paso.
Y luego de un valse te irás como una
tristeza que cruza la calle desierta,
y habrá quien se quede mirando la luna
desde alguna puerta.
¡Adiós, alma nuestra! parece
que dicen las gentes en cuanto te alejas.
Pianito del dulce motivo que mece
memorias queridas y viejas.
Anoche, después que te fuiste,
cuando todo el barrio volvía al sosiego
- qué triste -
lloraban los ojos del ciego.
Los más grandes poetas del tango se ocuparon del organito, siempre recurriendo a la nostalgia, cosa extraña si pensamos que lo hacían en un tiempo en que era absolutamente común verlos atravesar las calles de la ciudad. Y esa visión, cargada de nostalgia y belleza, es felizmente la que llegó a nuestros días, pero también la que sepultó la importancia del organito como elemento fundamental para la difusión del tango".
Y cuando hacemos referencia a los poetas del tango y su relación con el organito podemos indicar a Celedonio Esteban Flores que tituló "Cuando pasa el organito" a uno de sus dos libros de poemas; a Homero Manzi que en 1948 compuso "El último organito"
Las ruedas embarradas del último organito
vendrán desde la tarde buscando el arrabal
con un caballo flaco y un rengo y un monito
y un coro de muchachas vestidas de percal.
Con pasos apagados elegirá la esquina
donde se mezclen luces de luna y almacén
para que bailen valses detrás de la hornacina
la pálida marquesa y el pálido marqués.
El último organito irá de puerta en puerta
hasta encontrar la casa de la vecina muerta,
de la vecina aquella que se cansó de amar;
y allí molerá tangos para que llore el ciego,
el ciego inconsolable del verso de Carriego
que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral.
Tendrá una caja blanca el último organito
y el alma del otoño sacudirá su son
y adornarán sus tablas cabezas de angelitos
y el eco de su piano será como un adiós.
Saludarán su ausencia las novias encerradas
abriendo las persianas detrás de su canción
y el último organito se perderá en la nada
y el alma del suburbio se quedará sin voz.
O también los versos de José González Castillo en "Organito de la tarde" (1923):
Al paso tardo de un pobre viejo,
puebla de notas el arrabal
con un concierto de vidrios rotos
el organito crepuscular.
Dándole vueltas a la manija
un hombre rengo marcha detrás,
mientras la dura pata de palo
marca del tango el compás.
En las notas de esa musiquita
hay no sé qué rara sensación
que el barrio parece
impregnarse todo de emoción.
Y es porque son tantos los recuerdos
que a su paso despertando va
que llena las almas
con un gran deseo de llorar.
Y al triste son
de esa canción
sigue el organito lerdo
como sembrando a su paso
más pesar en el recuerdo, más dolor en el ocaso...
Y allá se va,
de su tango al son,
como buscando la noche,
que apagará su canción.
Cuentan las viejas, que todo saben
y que el pianito juntó a charlar,
que aquel viejito tuvo una hija
que era la gloria del arrabal;
cuentan que el rengo que era su novio
y que en el corte no tuvo igual,
supo con ella y en las milongas
con aquel tango triunfar.
Pero cayó un día un forastero
bailarín, buen mozo y peleador,
que en una milonga
compañera y pierna le quitó.
Desde entonces es que padre y novio
van buscando por el arrabal
la ingrata muchacha
al compás de aquel tango fatal.
Y del mismo José González Castillo: "Sobre el pucho" (1922), que en sus primeros versos cuenta:
Un callejón en Pompeya
y un farolito plateando el fango
y allí un malevo que fuma
y un organito moliendo un tango
Y al son de aquella milonga
más que su vida mistonga
meditando aquel malevo
recordó la canción de su dolor.
O Celedonio Flores, que en "La musa mistonga" (1926) expresa:
A ver como posan felices parejas
Y se torna alegre la cara del cielo
Al oír que hilvana sus canciones viejas
El buen organito que mentó Carriego.
O Pascual Contursi en "Ventanita de arrabal" (1927)
En el barrio Caferata
en un viejo conventillo
con los pisos de ladrillo
minga de puerta cancel.
donde van los organitos
sus lamentos rezongando,
está la piba esperando
que pase el muchacho aquél.
En fin, todas estas consideraciones que muestran la importancia del organito para la difusión de la cultura de un pueblo, serían absolutamente prescindibles para el habitante de nuestra ciudad de principios de siglo, pero son necesarias para que los que transitamos el Buenos Aires de hoy comprendamos lo que significó este "pianito del dulce motivo" y por lo tanto de lo importante que significaría recuperarlo, tanto a nivel histórico como turístico.
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